Qué guapa soy

Posted on enero 1, 2016

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De pequeña yo era una belleza. Me lo recuerda mi madre. Era una bebé gordita, con mofletes sonrosados. Era un “bebé potito”, que eso era lo que le decían en la farmacia. Luego fui una niña hermosa y sonriente, cosa que siempre me repite mi abuela. De hecho creí que era una preciosidad digna de adorar hasta que empecé a ir al colegio. Ahí lo vi menos claro y empecé a confundirme. Porque en clase me llamaban fea y en casa seguía siendo guapa. La teoría se tambaleaba y no tardó en desmoronarse. Fue en la adolescencia cuando se desordenó el cosmos. Sólo había unas pocas guapas. La de la tele, la de la valla publicitaria, la de la revista… Pero a mi alrededor ninguna, y yo ya no lo era en secreto ni en casa. Bueno, sí lo era en casa, pero la opinión de tus verdaderos seres queridos deja de tener validez en el momento desde que entras hasta que sales de la pubertad.

De medio adulta creía que había llegado a entender cómo funcionaba la relación entre los contrarios belleza-fealdad y aceptable-decepcionante. Se ve que ahora las guapas lo que están es en peligro de extinción. Hasta hace nada sólo se veían en los anuncios y, por lo que parece, cada vez menos. Ahora nos convertimos en mujeres reales.

La mujer real de Dove y la de todas aquellas marcas tan originales que han emulado su fórmula al ver que resultaba rentable. Ellas, mis amigas regordetas, yo, todas nosotras, éramos reales, y eso es ahora belleza, no lo de las modelos esqueléticas, desnutridas o, da igual, las chicas palo que se habían creído que eran “guapas”. Ellas podían haberse creído deseables en algún momento, pero ellas no son reales. Al descubrirlo pensé que les costaría algo admitirlo, pero que poco a poco los expertos, los modistos y las agencias de publicidad, lo entenderían, como ya van demostrando los anuncios que se modernizan.image2

Ahora sí que he entendido que por un lado van las guapas y por otro las mujeres reales. Unas las ideales y ansiadas y por otro las de verdad, las mujer mujer, que por ende son las verdaderas guapas. O eso me había servido hasta ahora para configurar mi teoría. Lástima que se me hayan vuelto a liar las conexiones neuronales. ¡Y todo por una oferta de trabajo!
Me han pedido un book, una muestra de fotografías, para hacer de dependienta en una tienda de ropa. Sí, es que esto del periodismo no da para comer, pero ése es otro tema. Porque ahora ser guapa, o real, o lo que sea, lleva incorporado saber plegar ropa, cobrar en caja, atender al cliente, etiquetar, facturar, coordinarse en equipo. Lo que no me queda claro es si querrán que sepa posar para que sustituya al maniquí en el mostrador.

Lo que sé es que tengo unos cuantos años de poner la sonrisa mientras cuelgo las perchas, que estoy atenta para devolver el cambio y que soy un lince clichando a clientes despistados. Puedo atender en inglés, en castellano, en catalán, y si me esfuerzo hasta me apaño con francés e italiano. Si esa es la guapura, la del currículum, la que buscan, que me lo digan, que voy cambiando la definición en mi diccionario mental y de paso les respondo que sí, que de esa belleza sí tengo suficiente. Si para ser dependienta ahora hace falta otra belleza, además de ser real, pues que también, que me digan cuál es exactamente, porque según mi madre, la hermosura la tengo, y esa, de sobras. Otra cosa es que nada haya cambiado y que lo que se quiera, tanto para trabajos como para las vallas publicitarias sea un tipo concreto de mujer florero con cánones arbitrarios, con medidas concretas cogidas al milímetro, ya sea para chicas delgadas o para entradas en carnes. Para eso ya tengo claro que no, que no sirvo.

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