Contra lo que escucho

Posted on enero 13, 2016

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La canción, esa gran amiga, esa que te acompaña en los ratos muertos en el metro, esa que te anima las fiestas, la que te consuela cuando estás melancólica, la que te ameniza la tarde de domingo cuando limpias el salón y hace que te aferres a la escoba grito pelado. Ella, sí, la misma, es una traicionera. Y lo es precisamente porque con esa música tan emotiva que la sigue te filtra en el subconsciente mensajes. Sí, mensajillos que son minucias, pero que pueden ir en contra de tu pensamiento, que odiarías si no fueran metáforas que no descifras del todo, pero que se te quedan ahí y que cuando la descubres, si lo haces, ya estás enganchada a su ritmo, su tonada y ay, qué difícil va a ser quitártela.

Mi primera gran revelación y decepción frente al poder de la música llegó cuando tenía 15 años y una amiga me pasó la traducción de la mítica “Every breath you take” de The Police. Cuando leí “cada vez que respires, cada movimiento que hagas, cada palabra que sigas, cada simple día estaré observándote” se desordenó mi microcosmos.
Si hasta entonces me había imaginado al Sting de los 80′, sin importar los años que hubieran pasado, ahora se me aparecía el cantante en forma de viejo verde espiando a una jovencita desde su ventana. ¿Cómo podía decir abiertamente eso? ¿cómo podía considerarse bonito?, ¿Cómo no se le había reprochado incitar al acoso?
Esa canción fue la primera muestra que recibí de cómo se nos envían mensajes machistas cubiertos, además, de un aura romanticona. Hay más, por supuesto, y de muchos géneros musicales distintos. Aunque, si soy sincera, las letras que en ese sentido me ponen más de los nervios son las de reggaeton. No tengo claro el motivo exacto, pero apuesto por lo ofensiva que me resultan como mujer. Soy de las que se queda parada en medio de la pista baile si suena una canción del estilo “agárrala, pégala, azótala” de Trébol Clan o “eso lo quiero ver, qué pasa cuando te pego duro contra la pared” de Daddy Yankee.

Verdaderamente puedo parecer una exagerada por salir de una clase de zumba al oír “A saco duro”, como me recriminó una compañera al día siguiente. Sin embargo, creo que me quedo corta al reaccionar así. Construcciones culturales como la música son un reflejo de el pensamiento colectivo como sociedad e inciden directamente en nuestra formación como sujetos y eso no es moco de pavo. De hecho mis actos son de cobarde. En lugar de la evasión debería negarme a ir a las discotecas donde ponen canciones vejatorias y hablar con quien da las clases en mi gimnasio para que, por favor, no nos obligue a movernos con semejantes letras de fondo. Que para colmo la mayoría somos mujeres. Porque aceptar estas canciones sin más es aceptar gustosamente el maltrato, la vejación y la subordinación a un macho alfa peligrosamente colectivo. Y no creo que ninguna de nosotras queramos hacerlo. Al menos no conscientemente.

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Posted in: La meva opinió