UBI SUNT

Posted on mayo 12, 2016

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Hoy Miguel Ángel Ortega Lucas publica un artículo precioso sobre LA periodista del siglo XX: La Fallaci. El estilo es nostálgico e idealista. Sobre todo idealista y de tanto ideal, cínico. Porque el periódico insignia de Cebrián (Polanco, ¿dónde?) puede llenarse de alabanzas a viejas glorias que nadie se qüestiona ya mientras se sienta en un rincón a llorar su mala suerte actual. Porque está claro que es mala suerte. La fuerza (y las ventas) de la prensa ha caído en picado desde la era internet. Y será culpa de google, de Mark Zuckerberg y de Youtube que la información se va al carajo. Claro, porque precarizar al periodista no tiene nada que ver. Despedir a los profesionales veteranos de las redacciones para quedarse con viejos elefantes que no se quejen y engañar a los jóvenes becarios prometiéndoles un contrato digno que nunca llega no afecta a la calidad del periodismo. Bueno, tal vez para esos que necesitan comer y pagar el alquiler algo afecte. Pero que el oficio bien lo merece. O al menos eso puede decir Cebrián desde su trono del “periodismo ya no es lo que era”. Porque seguro que la Fallaci hubiera sido periodista hoy, ella que como dice el artículo iba para médico pero prefirió escribir porque le pagaban. También la Torres, que no fue a la escuela y aprendió a leer y a escribir casi sola en una habitación del barrio chino que compartía con su madre. Tal vez su nombre le suene a Cebrián, aunque no sé si le será tan simpática desde Mongolia.

La esperanza del oficio, las nuevas generaciones de periodistas, no salen porque no están, porque no hay suficientes jóvenes cultos e inteligentes en este país saturado de universitarios excesivamente preparados. Las redacciones, no sólo las de El País, sino todas las del estado, están vacías de nuevos intrépidos. Será que no hay ganas, que preferimos alienarnos, claro. Ya no se entrevista, ya no se investiga, ya no se analiza como antes.
¿Que tampoco se tiende la oportunidad ni la paga como antaño? Bah, qué tendrá que ver eso con el periodista verdadero, que es un romántico, que ni come ni bebe ni siente, ese que ni siquiera duerme. Es sólo que los Gilgamesh no abundan como antes, que las edades de oro se fueron para no volver y sólo nos dejaron recuerdos edulcorados.
Pero nada de esta percepción del periodismo o de la vida es nuevo. Es la añoranza del pasado más cliché, la eterna excusa para la conservación raquítica de lo que no se aguanta de viejo. Lo malo es que si no nos damos prisa en barnizar este escritorio tan antiguo se lo terminarán de comer las termitas, ya sean las de las finanzas, las políticas o las de la autocensura. Alternativas para escribir encontraremos, eso sí. Ya vendrán a quejarse luego de que no lo hacemos en sus páginas.

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